Hay días en los que la vida nos zarandea. Una noticia inesperada, una discusión, una preocupación que no nos deja dormir. El cuerpo se acelera, la mente da vueltas, y sentimos que perdemos pie. En esos momentos no hace falta tener todas las respuestas. Lo primero, siempre, es encontrar un lugar donde sostenernos.
A eso lo llamamos ecuanimidad.
¿Qué es la ecuanimidad?
Ecuanimidad no es indiferencia. No es dejar de sentir, ni fingir que todo está bien cuando no lo está. Es otra cosa, más sencilla y más honesta: es encontrar un punto de calma y estabilidad dentro de nosotros, aunque fuera —o dentro— haya tormenta. Imagina un barco en medio del mar agitado. Las olas lo mueven, lo inclinan, a veces lo empapan de agua. Pero el barco no se hunde. Sigue a flote. Y cuando una ola pasa, vuelve a encontrar su equilibrio.
Eso es la ecuanimidad. No dejar de sentir las olas. Aprender a no hundirnos con ellas.
Sentir, sin desbordarnos
A veces confundimos calma con represión. Nos decimos «no pasa nada», cuando por dentro sí que pasa. Eso no es ecuanimidad, es negarnos algo que está ahí. La ecuanimidad va por otro camino. Nos invita a sentir con honestidad —el miedo, la tristeza, el enfado— y, al mismo tiempo, a no quedarnos atrapados ahí para siempre. Sentir la ola. Dejar que pase. Volver. Es un proceso, no un estado que se alcanza de una vez. Algunos días costará más que otros. Y está bien que así sea.
Tres formas de volver a nuestro centro
Cuando todo se mueve por dentro, hay tres lugares donde podemos apoyarnos:
- El cuerpo. Antes de pensar, podemos parar y sentir. Los pies en el suelo. La respiración entrando y saliendo. Una mano en el pecho. El cuerpo es una casa a la que siempre podemos volver, aunque a veces se nos olvide que está ahí.
- Las emociones. No se trata de controlarlas, sino de darles espacio para que se muevan. Nombrar lo que sentimos —»esto es tristeza», «esto es rabia»— ya nos ayuda a no quedar atrapados dentro de ellas.
- La mente. Con el tiempo, la ecuanimidad también se cultiva mirando la vida con una mente un poco más abierta. Menos «esto no debería estar pasando» y un poco más de curiosidad ante lo que aparece, sea lo que sea.
No hace falta dominar las tres a la vez. Basta con elegir una, la que hoy tengas más cerca.
Una pequeña práctica
Si quieres probarlo ahora mismo, puedes hacer algo muy sencillo:
Para un momento. Siente los pies apoyados en el suelo. Haz tres respiraciones, un poco más largas de lo habitual. No hace falta cambiar nada de lo que sientes, solo notar que, debajo de la ola, sigue habiendo un cuerpo que respira y un suelo que sostiene. Poco a poco, esto se convierte en un ancla a la que volver. No hace desaparecer la tormenta. Pero nos recuerda que, en medio de ella, seguimos aquí.
No siempre será fácil, y no pasa nada
Habrá días en los que esta calma cueste más. Días en los que la ola sea grande y cueste encontrar el ancla. No es un fracaso. Es parte del proceso. La ecuanimidad no busca que nada nos toque. Busca que, cuando algo nos toque, podamos sostenernos un poco mejor cada vez.
Aquí estamos.

