A menudo pensamos que la resiliencia está asociada a ser fuertes, a resistir y a poder con todo lo que venga. A atravesar las dificultades como si apenas nos rozaran. Como si mostrar lo que sentimos fuera una forma de debilidad.
Y no.
La vida nos toca, hay experiencias que duelen, que nos descolocan y que nos cambian la manera en la que miramos el mundo.
La resiliencia consiste en aprender a habitar la vida tal y como viene. Y para vivirla de verdad tenemos que exponernos a ella y observar lo que sucede.
Cuando hablamos de resiliencia, solemos imaginar grandes adversidades o acontecimientos traumáticos. Sin embargo, también podemos encontrarla en situaciones que se van alargando en el tiempo: una familia que no llega a fin de mes, cuidar durante años a una persona cercana, una infancia marcada por el maltrato, una etapa de incertidumbre laboral, una ruptura o un cambio importante en una relación, atravesar un periodo de soledad o aislamiento, un cambio de ciudad o de país…
Son experiencias que también requieren recursos para poder seguir adelante.
Y hay algo que nos parece importante: después de una gran crisis no volvemos a ser quienes éramos. Cambia nuestro cuerpo, nuestra manera de pensar, incluso aquello que sentíamos como importante.
Nos adaptamos. Y, en ese proceso, podemos crecer y transformarnos.
Por eso, en la resiliencia pueden convivir las pérdidas y las ganancias.
Podemos perder parte de la confianza en que el mundo es un lugar seguro o justo. Podemos sentir miedo, tristeza o incertidumbre. Y, al mismo tiempo, descubrir con mayor claridad qué es realmente importante para nosotros.
A veces aparece una confianza mayor en nuestras propias capacidades, nos abrimos más emocionalmente a las personas que queremos o desarrollamos una mirada más amable hacia los demás.
También puede cambiar nuestra manera de mirar más allá de nosotros mismos: hacia la naturaleza, hacia la vida o hacia aquello que nos da sentido.
Y quizá por eso sea tan importante dónde ponemos nuestra atención. No para negar lo que duele, sino para ver también aquello que permanece y sigue teniendo valor.
Esto no significa que tengamos que encontrar algo bueno en todo lo que nos ocurre. Hay pérdidas que son pérdidas.
El kintsugi, esa forma japonesa de reparar la cerámica haciendo visibles sus fracturas en lugar de ocultarlas, nos recuerda precisamente eso: la pieza reparada no borra lo que le ocurrió. Lo incorpora a su historia.
La resiliencia requiere tiempo. No es algo fijo ni se manifiesta de la misma manera a lo largo de nuestra vida. Lo que nos ayudó a afrontar una dificultad en la adolescencia puede no servirnos años después. Con el tiempo cambian nuestras prioridades y también nuestra manera de relacionarnos con lo que sentimos.
La resiliencia se puede cultivar. Se ejercita en la vida cotidiana, en los pequeños intentos, en lo que aprendemos cuando algo no sale como esperábamos y también en aquello que descubrimos que sí podemos hacer.
Y no todos partimos del mismo lugar.
La adversidad no nos encuentra a todos con las mismas circunstancias, los mismos recursos ni la misma historia. Hay muchas cosas que no sabemos de los demás. Y recordar esto, puede ayudarnos a mirar con más comprensión a quienes tenemos cerca, pero también a dejar de compararnos y juzgarnos con tanta dureza.
La resiliencia no es exclusiva de unos pocos.
No hay una única manera de atravesar la adversidad. Cada persona encuentra sus propios caminos. A veces necesitamos apoyarnos en otros. Otras veces encontramos recursos en el movimiento, en la creatividad, en la naturaleza o en aquello que nos ayuda a recuperar sentido
Para nosotros, la resiliencia tiene que ver con dejarnos tocar por la vida y aprender a adaptarnos, crecer y transformarnos cuando las circunstancias cambian, con la idea de descubrir quiénes somos después de lo ocurrido.
Eso es parte de lo que queremos seguir explorando en Círculo de Resiliencia


